Rastros de la esperanza

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Los domingos de la infancia siempre traerán a la memoria a mi madre, la iglesia de la colonia, y

 una misa en que cantar “vamos niños al sagrario…”, era la mejor forma de intentar entender el

 milagro de la fe.

Ella la poseía seguramente como todas las mamás, pero siempre supe que algún

 

día tendría que recordar con calma y a detalle para poder recuperarla, y así saber qué hacer con la

 

vida luego que pasara el medio siglo de existencia. No digo que esperara que la edad me

 

enfrentara por necesidad con la tristeza, pero sabía de un modo u otro, que estaría necesitado de

 

la magia de esas épocas para lograr recuperar la esperanza.

 

La fe es la única y real fórmula para atender las circunstancias de la existencia, a lo mejor

 

no necesariamente la religiosa, pero si la que nos sostiene cuando empezamos a pensar que todo

 

tendrá que seguir por un mismo rumbo, y este tiene que ver con un vacío que de grande, nos

 

espanta y desemboca en una lastimosa sentencia de que no hay nada qué hacer.

 

De niño era cada domingo la posibilidad de saber a ciencia cierta, que todo podía empezar

 

al lunes siguiente y que la tarea fundamental era ser paciente, y finalmente descubrir que en el

 

diminuto plano de la existencia, sólo hay que descubrirlo porque está a la mano.

 

Hoy, a esta edad madura en que estaba seguro todas las respuestas habrían llegado a la

 

existencia, siempre es una posibilidad real recordar que hay anclajes, espacios reales que nos

 

habrán de ayudar a confiar de nueva cuenta en el destino, futuro o como cada quien lo desee

 

llamar.

 

Ahora creo en lo que está a la mano, lo que se resume en instantes de la época aquella en

 

que asistía a misa junto a mi madre, y sé, lo sé de manera definitiva, que siempre habrá de renacer

 

la justa esperanza, la vocación por creer en la vida y sus milagros, y sus alegrías y lo que al final de

 

cuentas le da sentido a todo.

 

Cada cual buscará sus espacios, sus lugares dónde saber que la vida es una constante de

 

felicidad si uno la quiere, la desea, la abraza.

 

Pero existe.

 

Aunque no se vea, aunque muchos quieran negarla.

 

El asunto es tener los elementos necesarios para seguirla, reconocerla, mirarla de frente y

 

no espantarse, que simplemente se trata de una aspiración lógica de todo ser humano a ir por la

 

 

esperanza.