La famosa melancolía de los poetas

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Nunca había conocido a uno. Me habían contado que eran extraños y manipuladores, que se escondían detrás de un muro de palabras que sonaban bien, pero que se sentían mal.

También me dijeron que sus manos siempre olían a puro y a melancolía; que eran todos feos, pero terriblemente encantadores; que las yemas de sus dedos ardían sobre la piel y que ese era el mejor de los destinos para alguien como yo.  Me habían dicho tantas cosas sobre los poetas, pero yo nunca me había encontrado con alguno. Hasta ese día.

Estaba sola y nívea, abandonada a mi suerte en aquel frío almacén.  Me sacaron de allí cuando descubrieron que no había otras como yo, era la última, a todas se las habían llevado antes y me habían dejado olvidada, al parecer, sin intención. Me pusieron allí, a la vista de todos, ofreciéndome al mejor postor. Las personas pasaban junto a mí con indiferencia, clavándome sus ojos por un segundo para después dejarme de nuevo en la incertidumbre. Sólo uno detuvo sus ojos en mi insignificancia. Aquella mirada me recorrió con violenta elegancia.  Le gusté. 

Cuando sentí ese olor a madera y tabaco supe que era uno de ellos, pero fue esa mezcla entre alcohol y perfume que se enredaba entre el aire y sus dedos la que aniquiló cualquier duda. Sí, se trataba de un poeta. Sentí emoción. ¡Por fin había llegado mi momento! Un tipo que piensa se ha interesado en mí, me dije en silencio y mi corazón latió con tal fuerza que creí que iba a morir.

Sentí como sus manos pesadas y pequeñas me envolvieron con delicadeza y me excité. Mi poeta me llevó con él. 

Por las noches me azotaba contra la mesa y vertía sobre mí todo su todo su dolor y su incertidumbre, sus manos lastimaban y acariciaban al mismo tiempo. Me tenía siempre allí, abierta frente a él, a su merced hasta que se quedaba vacío de palabras. Algunas veces sus lágrimas resbalaban en mi cara y me dejaban marcas que jamás se borraban.

Estuve con él más tiempo del que lo aguantó cualquier mujer, por eso me habló de sus muertos, de ese pasado suyo que terminaba derramado sobre mí cuando la noche se confundía con el infinito. Y me tocaba como si pudiera deshacerme si presionaba de más. La piel oscura del poeta contrastaba con la mía y eso me atraía hasta la locura. 

Nos hermanábamos allí, en la intimidad del silencio. Nunca me sacaba de la casa porque era allí donde me necesitaba, en medio de ese orden asqueroso, lejos del mundo que lo lastimaba, en ese espacio inmaculado en el que todo se encontraba en falsa calma.

Fui suya hasta la última hoja, me respetó más que a todas las mujeres que pasaron por allí y que se atrevieron a mirarme, más que a cada una de ellas. Y yo lo dejé hacer. Ellas también. Sentía como si pudiera competir contra ellas y ganar, porque al final, el poeta siempre volvía a mí. Solía ser así. 

No sé qué ha pasado estos días, todo transcurre en un silencio insoportable. A veces este hombre viene a mí, pero de otras formas, sus manos me tocan con otro tono, a un ritmo distinto que no reconozco. Hay días que apenas y me mira y no me lee hasta muy entrada la madrugada. Se me acerca cuidadoso, pero no hace ya nada de mí.  Parece que su nuevo pasatiempo es hacerme dudar. No lo culpo,  eso también me lo habían advertido: los poetas usan, y olvidan. Tal vez de eso se trata su vida: de un vértigo que los consume. 

Lo conozco tanto que hasta siento su vergüenza, entiendo su desdén, pues soy el resultado de la soledad que lo ataca como una enfermedad, sin embargo, aún no me acostumbro a  vivir así, a esta suerte que atraje con mi deseo: a la famosa melancolía de los poetas.