Si Diego lo dice, tiene que ser serio.

Diego Vasallo cuenta ovejas al dormir y al despertar, frente a un mundo que insiste en seguir igual. Diego se pierde en las calles, y sus huellas en la lluvia.

Diego avanza sin destino en autos conducidos por mujeres, entre mares y en cientos de ciudades, tantas como historias. Diego es el ojo de los territorios oscuros. Diego ama mientras duerme. Vive con el miedo de un milagro. Diego Vasallo, explorador, músico, compositor. Diego, serio, profundo, observador. Diego expresionista. Diego esbozo de su propio comic. Diego sensible cazador.

Apasionado al paisaje del siglo XIX, personajes de un salvaje oeste cargado de delitos, búsquedas, de aire seco oleando soledades y aventuras, lo influyen para formar la banda Los Dalton. De esos primeros años lamentablemente nada se puede conseguir. Después, con Duncan Dhu la palabra de Diego se manifiesta y le da el sello estilístico. Aunque en Erentxun recaiga la imagen, el acento del trío, lo marca él. Años después, ya como dueto, el acento adquiere un valor distintivo, casi lingüístico, como una curva de intensidad. En su primera composición con Duncan Dhu, Lágrimas en la arena (1985), martirio de un desamor, Diego hace el coro e igual que en una tragedia griega dicta lo que se debe y no sentir. ¿Acaso habrá sido la primera letra tan exacta en su decir, en su estructura? ¿Cuántas letras antes?… 

Será hasta Grabaciones olvidadas, 1989, cuando interprete por primera vez.

Con voz grave, madura, siempre correcta para cantar en el tono perfecto, siempre sin edad, se deja escuchar en ese Pobre diablo, que tiene mil historias que contar, que se encuentra en un frasco de cristal, y bastará el definitivo trago para cambiar el color de su suerte. En Autobiografía, su lugar en el dueto es más marcado.

Álbum doble cargado de letras más elaboradas, y con la música por primera vez orquestada. El dueto da un giro y cada canción que él compone o interpreta ofrecen espacio reflexivo de la obra. Continúa ésta marca en Supernova, (1991) sobresalen Sombra de ti y Oro Blanco, aunque esta última no la interpreta, nos enseña su lado erótico. La capacidad de nombrar el instinto desde la imaginación, es el constante juego carnal de Vasallo. Para Piedras (1995), su experimentado mirar profundiza en las letras como Si no eres tú, Donde estés, Nubes negras, y comparte la voz protagónica en Capricornio y A tu lado, por fin el dueto, suena a dueto. Ya para Crepúsculo (2001), el primer apellido del álbum es Vasallo, le habitan Nunca me enamoraría de noche y Balada, rotundas sentencias para el manual del amor, que constantemente Diego actualiza. El título del álbum se menciona en Todo se desvanece, artistas que admira son reunidos en un crepúsculo griego y culmina con el espejismo de una velada en compañía de la seductora muerte.

De entre las canciones emblemáticas de Duncan Dhu, predominan aquellas escritas por él, En algún lugar, La barra de este hotel, Una calle de París, Rosa gris, Entre salitre y sudor, La herida, Cenizas, El duelo. Y queda en deuda nombrar tantísimas más. En una recopilación lanzada en el año 2005, a 20 años de canciones, con una buena dicción que parece inyección letal y profunda, intravenosa, vibra cantando despacio las perfectas versiones de Don’t let me down (Lennon, 1969) y Slowly (Luis Eduardo Aute, 2003) haciéndolas suyas.

Diego decide cuándo cantar. Su boca atesora la voz del silencio y surge cuando el eterno cigarrillo que besa se termina. Despegado de Duncan Dhu, su estilo se perfecciona en diez álbumes y un poemario, todos escritos a pinceladas. Cabaret Pop, (1991). Realidad Virtual de Rock'n'roll, (1992), una aventura con la música electrónica. Para 1995, con Diego Vasallo y el Cabaret Pop, empieza a mostrarse su lado íntimo. Criaturas, (1997), se acompaña por sus ilustraciones y nos deja ver al artista visual por primera vez. En Canciones de amor desafinado, (2000) se recarga más su doliente voz dejando que los instrumentos apenas le acompañen.  Le siguen Cuaderno de Pétalos de Elefante (2002), Los abismos cotidianos (2005), Las huellas borradas (2006,) recopilatorio que recoge los descartes más importantes de la primera etapa en solitario del artista donostiarra. En 2006 sorprende la propuesta de La máquina del mundo, basado en los textos del escritor y poeta Roger Wolfe. Ya apara Canciones en ruinas (2010), exhibe su enriquecimiento como poeta. 

El amor que duele, que se imagina y se recuerda, que vive fugaz entre olores y rincones solitarios, el amor que despoja del mundo, como con una fiebre, a dos personas, para aislarlos, son las historias que con Diego se cantan. En el paisaje de sus canciones, aparecen personajes como Jack Nicholson, Leonard Cohen, Antonioni, Tom Waits, Dostoievski, conduciendo un taxi, entre la orquesta, en la barra de un bar, o en un murmullo. 

Analista de la conducta animal, Diego los presenta como heraldos. Gatos, perros, peces, lobos, caballos salvajes, mil lagartijas y un caimán, forman el código mágico de sus letras. La taxonomía animal está de acuerdo con su pertenencia a uno de los cuatro elementos. Sus elementos favoritos, agua y viento. El agua, la virtud seminal de todas las cosas. Y el viento, ese aire agitado y excitado, causa de los sueños y de muchas otras impresiones del alma, que el mediodía trae nebuloso y húmedo. Todos, animales y elementos, le resultan naturalezas de culminación cálida.

Diego lleva cuenta de todo lo sucedido, sobre todo lo más extraño. Siempre descubriendo el mundo con ojos que vuelven de un infierno. Los ojos de Diego buscan sin parar lo que surge de las entrañas, en los huecos de su voz, en los espejos que dibuja frente a él, aún después de un mal sueño.

Este octubre, Vasallo aliviará la espera con su nuevo trabajo, Baladas para un autorretrato. Por las mismas fechas Harpo Libros, publicará un segundo poemario acompañado una vez más de su obra gráfica. Esperamos más pinturas de canciones en niveles cruzados. Narrativa de lo desigual, de lo poco común. Personajes escritos con su vida. Y de este nuevo trabajo, como escopetazo adelanta Que todo se pare, y Cada vez. Lo que venga, será con timbre serio, como tantas vidas que parecen una y en ella nos reúne. Una propuesta definitiva. Nos esperan muchas imágenes repartidas en nueve canciones. Se anuncia muy suyo, se augura de nosotros.

En la voz de Diego Vasallo está el efecto del color y la percepción de la conducta humana. Diego conoce el color de la inteligencia, la sabiduría, la reflexión y la paciencia de mirarlo todo. Diego ilustra música, su tono tiene el mismo color de una casa, un pantalón de cuero, un verano, un helado, la tormenta, la tarde, la piel, la araña de un tatuaje, un coche y el puente que podría cruzar como bala coloreados también con el mismo tinte. Azul, como la franja intermedia en un crepúsculo, antes del amarillo, después del rojo. Azul de las luces neón que alumbran el bar de cada miércoles para la tertulia de los artistas donostiarras, azul de las telas que abrazan cuerpos, azul en una mesa, Cinco polaroids desenfocadas, cinco arrugas en su cuello como cinco lunares azules de la luna. Azul de tinta para escribir canciones. Azul Diego. 

Y comencé una lista de los alcances de la firma Vasallo que no se completa y que no parece acabar. Diego poeta de la narrativa con o sin música, con o sin papel, olvidando o no respirar, con o sin pincel. Diego, que…