Tómate esta botella conmigo

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El silencio se rompió con el primer choque de copas. Al primer trago le siguió el segundo, y el tercero, y así sucesivamente hasta que las manecillas del reloj se detuvieron y comenzaron a girar en sentido contrario.

 

Recuerdo el primer día que voluntariamente busqué y conseguí alcohol, a una edad en la que ningún padre imagina que será esa la inquietud de su hijo, o peor, su hija; era cuestión de ir a la tiendita y comprar una coca de lata para hacer la mezcla y entregarse al placer de lo prohibido –pensé-, motivada no por malas amistades o por influencia de la televisión, sino por una innata inclinación a los excesos.

Horrible, así sabía la combinación mal hecha de ron barato y refresco de cola; ¿qué iba yo a saber de proporciones?, sólo con los años podría equiparar la fórmula hielos-licor-soda con otra muy similar: sujeto-verbo-predicado.

No era deseo alguno por sentirme madura (¿ante quién?), ni presumir con las amigas (menos en una escuela de monjas), mucho menos de retar a la autoridad familiar (ni dios lo quiera); era un inexplicable grito interno, un recuerdo de otra vida, no encuentro otra explicación.

A esa pésima primera experiencia que terminó con tres cuartos de lata desechada por el lavabo le siguió un par de travesuras de secundaria, ahora sí, en compañía. A los catorce vi a un par de compañeras, de “las más grandes” (a punto de sus quince), intentando ser controladas por la hermana mayor de alguna de las invitadas a la fiestecita, y considerando meterlas a la bañera para que se les bajara la tremenda borrachera que agarraron con unos cuantos bacardís, seguramente mal preparados.

Mentir y disimular sobre lo sucedido era el siguiente paso. Nadie tuvo que decirlo. Y desde siempre me pareció lo más natural; quizá hubo un poco de culpa al inicio pero de haber sido algo serio, lo recordaría hoy, más de quince años después.

¿Cuándo parar? La madrugada dejó de ser el fantasma que se llevaría tu alma si te encontraba vagando por las calles buscando un refugio hasta el amanecer; tus pasos pueden esconderse debajo de otros que han estado allí antes, livianos de preocupaciones, exentos de la bomba que es el tiempo. 

Poco antes de la mayoría de edad, más de la mitad de mis conocidos llegaban los lunes a contar quién había perdido la conciencia –por decir lo menos- el viernes en el bosque, o el sábado en alguno de los lugarcillos de moda, o en la casa que se quedó sola porque la familia se fue de vacaciones.

De todas esas pláticas yo estaba fuera, haber intentado beber un par de veces antes no me haría cool, y no me interesaba encajar con esa gente que, además, tenía estilos de vida muy distintos al mío. En ese tiempo, mi gusto por los excesos se durmió muy profundamente.

Una vez que empiezas, no puedes parar. Con la suficiente voluntad, dices “con permiso, buenas noches” y ya está. Pero si lo que quieres precisamente es no parar, sino seguir sólo porque sí, no habrá fuerza humana que te convenza de lo contrario, ni un hermano mayor, ni una madre protectora, ni un padre estricto, ni un amigo maduro, ni una pareja atormentada, ni un par de noches en barandilla. Nada.

En la universidad era cada vez más común saber de un compañero que llegaba sin haber dormido, o completamente crudo, o que no llegó porque se la siguió. El asombro iba en el sentido de preguntarse de qué privilegios gozaba para no ser castigado por su familia o si en verdad se mandaba solo y era ése el camino que seguiría porque “ya era un adulto”. ¿Qué iba a ser?, nada más allá de cansancio por intentar controlar a “un chamaco que se quiere comer el mundo”.

Ya no recuerdo cuál fue mi primera borrachera, pero sí recuerdo que fue entonces cuando mi otro yo despertó y bebió al parejo. Con una resistencia no antes vista, comencé a caminar por el sendero del alcohol, hice el recorrido por distintos licores, lugares y círculos sociales.

Claro que me gané regaños, leyes del hielo, miradas eternas de desaprobación, pero poco me importó; nunca antes me había divertido tanto, ni había reído tanto, compartido tanto; conocí la solidaridad cuando los tragos habían sido demasiados y era necesario un remedio casero para aliviar algún malestar, o muchos.

¿Cuándo parar? Dicen que el alcohol no es buen consejero, que te escucha atentamente mientras te anima a ser una persona distinta, una que, en tu juicio, no podrías imaginar. Dicen que te hace caminar en una cuerda floja sin red de protección; que es un camino sin salida, un monstruo de siete cabezas que irremediablemente se alimentará de ti, de tus debilidades, y te dejará tirado en un rincón. Dicen que confecciona disfraces para la tristeza y la desilusión.

Nunca he tomado para olvidar una decepción, porque solamente la recordaría más. Tampoco diría que las peores decisiones las he tomado bajo los efectos del alcohol, sería totalmente injusta; no puedo eximirlo, claro, pero si de balance se trata, diría que ha sido un cincuenta/cincuenta: sobria tampoco me distingue la sabiduría.

A veces uno toma para darse valor, a veces para adormecer la furia, a veces para darle color a un día gris. El secreto, dicen, está en hallar el punto exacto de bienestar y dejar de pensar que siempre puede mejorar, porque generalmente a la euforia le sigue la decadencia traducida en ojos a medio abrir, en no poder articular palabra, en no coordinar las extremidades, perder el equilibrio y después la conciencia.

El alcohol es la chispa que enciende el combustible de la socialización, por lo menos en un medio como el nuestro. He conocido a decenas de personas mientras sostengo un vaso, casi siempre lleno; verlo vaciarse es tener una oportunidad de conocer a alguien más, de reír, de bromear, de encontrar puntos en común. Nada pasa si los nombres se olvidan, a la siguiente fiesta se volverán a mencionar, quizá para volverlos a olvidar, pero ya con el respaldo de una anécdota previa.

En el fondo de una botella no existe el tiempo, el oasis que se dibuja desaparece conforme se vacía; pero la mente es capaz de crear un escenario distinto a la barra del bar en el que descansan tus brazos, el espejo en el que tu rostro se refleja entre cientos de envases a medio servir no es más que una prueba de la felicidad que te atrapa justo ahora y, sabes, esa sonrisa es lo único que te importa mantener.

Para beber no es necesario un motivo. Hay veces en que la realidad se hace más llevadera con un par de tragos: se difumina el hartazgo, se desdibujan los límites de lo prohibido. Existe, también, el deseo por salir de uno mismo y las fronteras autoimpuestas de cualquier cosa. 

Puede ser solamente aburrimiento del mundo visto a través de un vaso con agua, que no regala ligereza del cuerpo, volatilidad de la mente, ni esa sonrisa que llega y se posa para no irse en un rato; se extraña ver a flote la certeza de que el problema no es tan grande como parecía antes del tercer sorbo de alcohol.

Diez años han pasado desde que bebo profesionalmente (porque por supuesto que se necesita entrenamiento), y con el tiempo me han llegado también la desfachatez y el cinismo para enfrentar algunas situaciones. 

Pero también algo bueno he aprendido del alcohol: saber cuándo parar. Una década me ha bastado para saber que ya no sólo quiero amigos de borrachera, son divertidos pero al día siguiente no quedan huellas de ellos más que colillas de cigarro y botellas vacías, y una tremenda resaca que ninguno se ofrecerá a aliviar con su compañía.

Me gusta el efecto de dos pares de tragos en mi sistema, disfruto el adormecimiento de músculos y la risa desinhibida; odio, en cambio, la pérdida de control y las escenas que provoca. Más de una vez he considerado dejar de tomar, pero no, el alcohol no es el problema, sino la compañía.

 

¿Cuándo parar? Cuando la pérdida es mayor que la ganancia, en tiempo, en risas, en cariño; cuando la balanza se inclina hacia el suelo y no hacia el cielo; cuando dejas de tener un hombro en el cual apoyar la frente al otro día; cuando despiertas y no encuentras tu sonrisa.