Volver 

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“Pero el viajero que huye tarde o temprano detiene su andar.
Y aunque el olvido, que todo destruye, haya matado mi vieja ilusión,
guardo escondida una esperanza humilde que es toda la fortuna de mi corazón”.

Carlos Gardel

 

 

Volver es regresar a un lugar del que, quizás, nunca te fuiste; un sitio que te abrió la puerta cuando hasta las ventanas se cerraban ante tus ojos incrédulos; un refugio que te recibió como si hubiera clamado durante siglos por tu regreso.

Volver, a voluntad o contra ella. Todo se trata de volver. Seiscientos días con sus noches para descubrir que no faltaban motivos para quedarse, para dejar de maldecir ese espacio y ese sol. De vuelta al hogar que tu piel reconoce, calles que con tus piernas recorres a ojos cerrados, sonidos que son parte de tu infancia y que apenas distingues entre tu mente revuelta.

Y por un tiempo serás un fantasma para los nuevos vecinos, al que en un parpadeo volverán a ver rondando mientras juegan con el perro o miran el cielo raso y escuchan a un par de grillos cantar. Y en cada salida del sol tu cuerpo recuperará su materia, su esencia y presencia, cada día un poco más. Y atrás quedarán los lamentos entremezclados con el ruido de la televisión en plena madrugada.

Volverás a casa, una sin paredes ni techo pero con mucho suelo y raíces debajo, sogas que sostendrán el puente que cruzas y del que temes caer. A cada paso una nueva mirada que encontrará la tuya por dos milisegundos, que te evadirá pero te confortará.

No conocerás los nuevos rincones de la ciudad, y seguramente nunca lo lograrás porque en tu ausencia todo se extendió. Ya tus amigos se concentran en un solo punto, el que comparten porque en su juventud las distancias eran cortas, porque su hambre de curiosidad ya no los lleva demasiado lejos. Y está bien.

Volver no es retroceder; es rectificar, es continuar haciendo un camino ya iniciado y que nunca encontrará su fin. Y aquel otro camino seguirá existiendo sin tus pasos recorriéndolo, tal vez te esperará, tal vez no, o tal vez kilómetros adelante haga intersección con tu nuevo lugar. Tal vez.

No te sentirás cómodo el primer día, ni el segundo, quizá por ahí del décimo consideres salir de la cama y ver si por fin las nubes se dispersaron y el pavimento se secó. Te regresará el alma al cuerpo cuando escuches el primer ‘qué bueno verte’ acompañado de un abrazo. Así llegarán uno a uno los cuerpos que estrecharán el tuyo y te sabrás de nuevo en un lugar seguro.

Volverás porque el círculo al que te fuiste de pronto se volvió espiral y te llevó cada vez más profundo, hasta donde el fuego se extingue. De la nada te harás de un ejército de palmas que tomarán la tuya, que te dirán calladas que tu regreso fue lo mejor, que ésta es tu casa y siempre lo será.

Descubrirás que no es tan malo estar de vuelta, sostendrás buenos duelos con la nostalgia y parecerán perdidos en la primera lágrima, pero un día te cansarás de pasearla sobre tus hombros y la envolverás en un sobre manila que guardarás bajo la cama, y la recordarás de cuando en cuando pero su peso ya no te romperá.

Sabrás que volviste tan repentinamente como decidiste irte, entenderás que el sentido va llegando de a poco, que a él no se le presiona ni se le amenaza para que se muestre al tronarle los dedos.

Una mañana cualquiera encontrarás de vuelta la sonrisa en tus labios antes de abrir los ojos, y se habrán ido el hartazgo, la opresión en el pecho y las piernas inquietas porque deseaban correr hasta el fin del mundo. Se habrán ido tus ganas de escapar. Por fin.

Voltearás la mirada al sendero pasado y podrás agradecer cada gota de lluvia que su cielo dejó caer sobre ti. Ya no querrás estrangular al destino para que te explique su proceder, habrás dejado de resistir el vendaval y te habrás unido a su ir y venir, con los ojos cerrados y sin el nudo en la garganta.

Sabrás que tu caída libre se detuvo por una red que no advertiste pero que había estado ahí para ti. Sin esfuerzo volverás a reír, a relajar las mandíbulas y a detener las manos nerviosas sobre tus piernas, te sentirás cómodo con el frío al amanecer y el viento de la tarde.

Volverás a los ojos que te miraron desde siempre y a los labios que no reprocharán tu ausencia; descansarás tu cabeza en la almohada sin el miedo a despertar en medio de la nada. Pasearás descalzo en el verano y convertido en esquimal en el invierno. Te sabrás en casa, con los tuyos, los nuevos y los viejos; volverás justo a tiempo para ver el amanecer.