Cuba, entre el sueño y la realidad

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cuba 

 

“Yo no quiero la Patria dividida 

cabemos todos en la tierra mía 

y que los que se creen prisioneros 

se vayan lejos con su melodía”. 

Víctor Jara

 

 

Un día me desperté con una idea firme: “Quiero ir a Cuba”. No recuerdo el año, ni de qué iba mi vida en ese momento, pero seguramente era una época en la que soñar y plantearme un objetivo lejano era lo que me hacía querer vivir…o al menos sonreír un poco. 

Y así empecé a ir de plática en plática, repitiendo esa frase mientras mis interlocutores quedaban sorprendidos. Nota: Desde que la lengua se me desentumió, acostumbro hacer comentarios al azar, cuando pocos se lo esperan, y si a eso le sumamos que mi nuevo sueño era ir a meterme al tercer mundo (no lo dije yo), peor era la reacción.

Por supuesto que no tenía con quién demonios ir a Cuba, es más, no tenía con quién ir al cine el fin de semana…o cualquier día. Pero no me importaba; me recuerdo feliz comunicando mis ganas de ir a esa isla y beber mojitos todo el día, bailar salsa de verdad y anclarme en alguna playa.

Le pedí a él que fuéramos juntos a Cuba, y me contestó con un contundente: Cuba no me gusta, mejor a otro lado. Costa Rica, fue el acuerdo. Ir juntos era aún menos posible que ir a Cuba y Costa Rica al mismo tiempo. Yo lo sabía, él también. Pero, insisto, era mi temporada de hacerme de sueños aunque fueran imposibles; entre más imposibles, más me hacían sonreír.

No contemplaba la posibilidad de viajar sola, no por miedo ni por sentirme más sola. Eso era un hecho. Pero me detenía pensar en los gastos. Andaba rondando los veinticinco, y aunque a esa edad mucha gente ya es millonaria, yo pues no. Así que necesitaba ahorrar.

Dejé pasar el tiempo y cuando abrí los ojos ya había cumplido veintinueve, seguía sin conocer Cuba y no tenía un centavo ahorrado. Pero como dicen que pasa en la vida, un par de cosas se acomodaron y de pronto ahí estaba mi carta de aceptación para un congreso en La Habana. Quise decirle a él que Costa Rica debía esperar, pero hacía un par de años que le había perdido la pista.

Siempre me ha gustado viajar, hacer maletas y pasar horas entre una terminal, un aeropuerto y lo que sea necesario para llegar a mi destino. A Cuba no iría sola, pero tampoco iría con quien había soñado. 

Yo no sabía gran cosa de la isla, ni de su geografía, ni de su historia (solamente la oficial), ni de su gente o sus costumbres. Me habían llegado rumores, pero no quise llevarlos en mi equipaje, quería descubrirla yo misma y conocerla por lo que es en verdad. Como a las personas.

En el aeropuerto nos recibiría el amigo de mi amiga, quien como nosotras había esperado semanas para nuestra llegada; tendría todo listo para llevarnos al lugar donde nos hospedaríamos. Teníamos garantizados los mejores precios de La Habana, algo que un turista primerizo y sin contactos jamás tendrá. 

Alberto la hacía de guía de turistas; tenía buen inglés, un español más claro que todos los cubanos y bondad para dar y regalar. En el taxi nos iba contando que la lluvia tenía varios días sin ceder, pero que era a ratos, que sí podríamos conocer la ciudad e ir a la playa, y salir a divertirnos. En ese taxi comenzó mi tortura: la explicación del cambio de moneda que debíamos hacer, los horarios de las casas de cambio, las equivalencias, las dos monedas, lo turbio al pagar con dólares.

Y también ahí me enteré de la cruel verdad: no había señal de teléfono, ni Internet, ni nada. Total incomunicación. No estaba lista para eso, sentí que me hacía falta la mitad de mi vida –porque en ese momento así era el celular para mí, además-. Los minutos comenzaron a pasar cada vez más lento. Multiplíquenlos por siete días. 

Un día antes de volar leí la información general de Cuba: extensión, temperatura promedio, religión, densidad poblacional, nimiedades, pues. En ningún lado decía: “durante su estancia, olvídese de su vida en su país y su gente, que tiene familia, amigos o algo más; su teléfono celular solamente servirá como reloj despertador, o lámpara”.

Ahora, con ese asunto del desbloqueo, seguramente ya será más fácil comunicarse con el exterior, hasta tener wi-fi, pero cuando pisé La Habana eso seguía siendo un sueño que pocos podían cumplir. Alberto me enlazó un par de llamadas a México, se había preparado también con saldo en su celular para esas emergencias que, él sabía, tendríamos. Pura bondad. 

Nos instalamos en un edificio que rentaba cuartos amueblados, seguros y en la avenida principal, justo enfrente de uno de los hoteles más grandes de la ciudad, al que mañana, tarde y noche llegaban turistas con maletones y toda la actitud de superioridad. Un día por curiosidad me asomé al lobby y su pizarrón de precios, y eran cifras altísimas por una noche; claro que era hermoso pero era sentir una Cuba diferente a la de allá afuera.

Cada día Alberto nos llevaba a un lugar distinto para comer o cenar, del desayuno nos encargábamos nosotras y nuestro cargamento de sopas instantáneas y atún que llevamos desde acá. Eran restaurantes pequeños, casi vacíos, con meseros desganados y poco amables cuando preguntábamos por limón o picante (¡por piedad!). Alberto nos explicó el porqué de la apatía para atendernos: al tener sueldos miserables, no encontraban razón para sonreírnos y menos con nuestra pinta de mochileros.

Conocimos de lejos las zonas rojas de La Habana, no por temor a conocerlas de cerca sino porque Alberto tenía la encomienda divina de cuidarnos como a la luz de sus ojos; nos contó adónde llevaba tal o cual calle, si en esa esquina solían juntarse decenas de homosexuales en busca de acción. A mí me causó mucha curiosidad, pero para Alberto era inconcebible dejarse ver por esos rumbos.

Desde la primera noche de fiesta fuimos advertidas de adónde iríamos: fiestas gay, porque era más seguro para nosotras, así no nos acosarían porque nos vieran como material de casamiento o para estafarnos, que es lo mismo. Pero tendrían que ser, por supuesto, fiestas para hombres gay. Cero riesgo para dos mujeres. Nunca me sentí tan ignorada como en esas fiestas, y al principio fue un alivio pero al tercer o cuarto día una empieza a pensar que su atractivo se quedó en la aduana.

Comíamos y bebíamos lo más barato; en los lugares que sólo un cubano conoce se puede encontrar exactamente el mismo plato que en un restaurante de turistas, pero a poco menos de la mitad de precio y sin la hostilidad para nuestro guía de parte de los propios meseros. Alberto nos contó que hasta hacía pocos años, un cubano no tenía permitido entrar a hoteles. Segundo golpe de realidad.

Los cubanos son gente amable, alegre y despreocupada; pero también tienen un lado oscuro. Desde el primer día dejé de preguntarme por qué es tan común saber de alguien que va a buscar esposa (o) a Cuba: hombres y mujeres atractivos se cuentan por montones, todo natural y bien acomodado. La mezcla de razas hizo lo suyo y hasta los taxistas parecen sacados de la tele (sin lo metrosexual, afortunadamente). cuba

Una noche, buscando Internet, caímos en un hotel-restaurante del que sólo recorrimos los pasillos y un jardín trasero con vista a una alberca; en una especie de sala había varios señores bien vestidos, fumando puros y tomando ron, rodeados de casi una decena de mujeres hermosas y con vestidos entalladísimos, notoriamente cubanas y sumamente cariñosas. No quisimos investigar más. Dicen que lo que pasa en Cuba, se queda en Cuba.

Poco a poco, iba notando que mi sueño cubano se transformaba; hasta ese momento –mitad del viaje- había tomado sólo un mojito, carísimo, en el delfinario que también es restaurante y por la noche hace espectáculos con dos o tres delfines y dos entrenadores. No había bailado salsa: en una plática con Alberto, me dijo con el tono más despectivo que esa era música de negros, y que a él no le gustaba. Me ahorré el preguntarle si sabía bailar. ¿Un cubano que no baila salsa?, cuarto golpe de realidad.

Un día, viendo bailar a muchos cubanos, le pregunté a Alberto de dónde sacaban tanta alegría si, como ya me había contado, sus condiciones de vida son lamentables porque el socialismo los tenía a todos igual de pobres y sin oportunidades de crecer o irse. Me dijo que el día a día de un cubano es duro, es triste, pero cuando escucha música encuentra un escape a toda esa realidad y, como no sabe cuándo será la próxima vez que esté en una fiesta, deja los problemas en la silla y se lanza  a bailar como si no hubiera mañana.

Por ahí del quinto día, salimos a cenar con otro amigo de Alberto, que nos llevó al barrio chino y luego a bailar…a otra fiesta gay. A él sí le gustaba la salsa y me invitó a bailar. Se me acabó rápido el veinte porque estaba por empezar el número más esperado de la noche: un travesti que cantaba canciones pro-gay; era una mezcla entre la Beba Galván, Lupita D’Alessio y Juan Gabriel.

El sexto día me sentía prisionera en un país que te venden como el paraíso; extrañaba las voces al teléfono, contar lo que me pasaba cada día y lo mucho que añoraba algunas personas y lujos como la salsa tabasco, a la que soy adicta y ahí lo descubrí. 

Para entonces ya sabía más de la historia, tanto la oficial como la real; había conocido gran parte de La Habana y los lugares turísticos, todo a precio de cubano; me había emborrachado en Varadero con vodka (perdón, mojitos, ustedes eran muy caros) y había tenido que prepararme para decir que era la esposa de Alberto porque el taxista que nos llevó a la playa no tenía permiso para llevar turistas así como así, y si los descubrían se meterían en un problemón; había ido al mercado a comprar recuerdos y fui testigo del intercambio de productos de fuera por un descuento en la mercancía, desde pasta de dientes hasta una funda de iPhone.

Los paisajes de Cuba son hermosos, pero la extraña calma de las calles se confunde con una callada desesperanza, el júbilo turístico se esfuma dos cuadras a la redonda de la zona más visitada. La Cuba del diario no es la Cuba que llegan presumiendo los que se quedaron en el Hotel Nacional ni los que se tomaron un tour de primera a Varadero, o los que se sintieron Andy García rodeados de dos o tres mujeres guapísimas y listas para firmar su casamiento, o los que se llenaron de mojitos escuchando sones cubanos en la Bodeguita del Medio (que yo nomás conocí por fuera); o los que se toman felices fotos con la plaza de la Revolución al fondo.

El sexto día por la tarde ya contaba las horas para volver a México, ya no me hacían gracia los autos antiguos ni andar cambiando mis pesos, y me entristecía saber que muchísimos cubanos quieren huir, que darían lo que fuera, que habían incluso muerto en el intento.

Alberto fue un ángel durante cada día, pero no podía disimular su hartazgo y nos dijo que si no lograba casarse buscaría irse por el mar. Y no había argumento que lo disuadiera. Cuando nos despidió en el aeropuerto sus ojos se pusieron tristes, muy tristes; nosotras nos íbamos y él se quedaba. 

Casi lloré cuando vi un avión despegar, se me hizo eterna la sala de espera y cuando llegué a México me sentí libre. Hay dos Cubas, y a la que yo fui no me quedaron ganas de volver.