Querido dos mil catorce, dos puntos

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Con que ya te vas. Y no te librarás de reclamos, ni de miradas tristes de quienes dejaste con la cabeza llena de ilusiones y optimismos que animaste hace doce meses, y mucho menos de hipocresías de cientos de miles que dirán que fuiste lo mejor de su vida pero ya tienen listo el mismo discurso para tu sucesor, y hasta con más fuegos artificiales. Pero, total, dicen que la esperanza muere al último.

 

Contigo viene la nostalgia, por todos lados, lista para entrar por los cinco sentidos que tenemos los seres humanos (y los inhumanos también). Te habrás dado cuenta de que las compras para adornar tu muerte comenzaron hace ya varios días, semanas quizás; fuiste testigo del desempolvadero de discos de villancicos que han inundado el ambiente desde octubre, de árboles verdes, blancos y hasta morados que en todo su sintético esplendor han sido colocados en los supermercados y las mercerías grandes del centro.

Seguirás notando que cada día más los colores y las luces iluminarán fachadas, ventanas, autos, restaurantes, guardarropas, porque ya no hay límites para mostrar cuán felices pueden vivirse tus últimos momentos. Para ti no es algo nuevo, las despedidas han sucedido desde que llegaste; aunque a ti nadie te salude sino un amanecer y te despida un anochecer, sólo uno. Esos pequeños ratos te harán captar más voces de las que siquiera imaginaste, porque estarán hablándote todas al mismo tiempo, unas reprochando, otras esperando que aún las sorprendas y otras, las menos, agradeciéndote por lo que representaste.

Nostalgia, sentirás que las personas tienen mucha nostalgia y le darán tu nombre; te dedicarán, por lo menos, las dos últimas semanas del mes y estarán pensativas, dubitativas, incluso podrías hacerlas llorar. Porque tú no sabes cuántas veces te habrán pedido ser el mejor de sus años, recibir de ti sólo alegrías para recordarte con gusto y luego despedirse, sin pensar en que su destino depende de todos menos de ti que, sin que lo tomes a pecho, nada más eres un número.

En serio, un número, uno favorito y con buen sonido tal vez, pero sólo así: dos mil catorce. ¡En la madre!, es una cantidad muy grande, y más de uno todavía espera que seas tan bueno como nunca le prometiste. Lo sé, es injusto para ti, porque serás odiado en las líneas de tiempo personales, climáticas, económicas, políticas y sociales alrededor del mundo (no debe haber estado de la chingada sólo en esta latitud).

Por ejemplo, yo te vi venir con tanta determinación y alegría que hasta me contagiaste; como ludópata que intuye que la siguiente jugada será la jugada, no me despegué de la mesa y te aposté todas mis ganancias. No creo que lo recuerdes, porque yo no te conocía ni tú a mí, pero cruzamos miradas y sonreímos como quienes están a punto de cometer la mejor y más divertida de las tropelías. Pierde cuidado, no te reclamaré. Todavía.

El tiempo pasa inexorablemente y tú eres una más de sus víctimas; pero qué más podemos hacer al respecto sino agachar la cabeza resignadamente, esperar que pase la sensación de tristeza y lejanía y tomar aliento mientras los ánimos regresan también y nos preparamos para recibir con un grito de júbilo y un estallido de emoción al nuevo y fulgurante dos mil quince. Yujú.

Pero no pongas esa cara; ven, vamos a caminar por los centros comerciales, llenos de adornos decembrinos, luces, colores, esferas que iluminan los anaqueles repletos de juguetes, listos para hipnotizar a cuanto niño se acerque. Un consejo te doy: no le preguntes a ninguno de esos enanos qué juguete quiere para Navidad o día de Reyes porque te frustrarás de ver lo poco que podrías regalarle en comparación con lo que él o ella quieran. Siempre lo quieren todo (y luego ya no), lo sabes.

¿Ves a esas personas que están allá?, sí, junto al nacimiento que está vacío porque Santa Clós monopolizó las fotografías del recuerdo. Te apuesto lo que quieras (siempre y cuando alcance con lo que me dejaste –touché-) a que ellos no saben cómo estirar sus últimos billetes del aguinaldo y que empezaron a derrochar desde ese mentado buen fin. Y es que ahora es cuando recuerdan que deben (obligatorio, por supuesto) comprar regalos para toda la familia, guardar para la tenencia del coche, y dejar un poquito por si el alcoholímetro los atrapa cuando empiecen las posadas. 

No sabes lo afortunado que eres, porque tú ya te vas, pero yo tendré que volver a pasar por el numerito ese del seis de enero, comprar la rosca de Reyes, varios litros de leche y tabletas de chocolate para acompañar la reserva de tragos que habrá quedado del brindis de fin de año… o sea por ti. Acuérdate de tu primer (y único) día de Reyes, hay que volver a estar al pendiente de que el tío Pepe no se trague al niño dios para ahorrarse los tamales del dos de febrero, para que por lo menos esta vez sí ponga la casa.

Querido y ya añorado 2014, cuántas cosas bellas trajiste, y cuántas más también te llevaste, si no creas que se me olvidan. Pudimos haber sido muy felices juntos; tú mejor que nadie sabes cuánto deseaba conservarte como el mejor. Sí, es un reclamo, pero, venga, sabes que es con el corazón. Sé que no dependía de ti, ni de una divinidad, mucho menos del karma porque, de ser así, por supuesto que habríamos llegado hasta el cielo. Mala suerte, supongo.

Pero con todo y las lágrimas que ahora ves caer y no comprendes, debemos concentrarnos en algo tú y yo: ¿quién va a comprar las uvas?, ¿y la sidra para el brindis?, y más que todo: ¿por qué no te convencí de aprovechar el julio regalado para gastar menos en lo que beberé(mos) del quince en adelante? Porque sé que, como a mí, te ganará la nostalgia y querrás acompañar con varios tragos esa sensación extraña de saber que te irás y nadie te pedirá que te quedes; deberás lidiar con la terrible idea que te vean como otra estampa del álbum al que voltearán la página ya sin brillo y que no tengan ni la sola intención de ponerle un separador bonito para recordarte cada noche. Te entiendo más de lo que piensas.

Menos mal que aún estarás a mi lado el veinticuatro, porque algo me han de encargar para la cena y por supuesto que no voy a cocinar, tal vez sólo comprar el ponche, un guiso sencillo, o algo del súper porque no sabes lo bien que ya cocinan ahí, o bueno, por lo menos mejor que tú y yo. De acuerdo, si llevamos algo, le haremos arreglos porque la abuela sospechará que hicimos trampa y me regañará por no haberle pedido su recetario para conservar el sabor de la casa.

Lo que sí es nuevo para ti es el desmadre de pensar en los propósitos del próximo año. Disculpa, no es que me urja que te vayas, ni es mi intención hacerte sentir triste, pero en serio no tienes idea de lo difícil que es; cada año, no hay persona que no pregunte si ya tienes tu lista “porque el tiempo se va volando”, o el clásico chistoso que te mira con curiosidad y lanza un: “¿y cuántos de esos propósitos pudiste cumplir?”. Por eso yo no hago lista, la hice un par de veces, hace muchos años, pero antes de terminar de escribirla ya me había frustrado. Pero si te lo menciono es porque a mucha gente sí le atormenta, y debes estar preparado para esos reproches, porque claro que te culparán a ti de no haber tenido tiempo, dinero o ganas. Faltaba más.

El cuento que viste escribirse desde tu primer día de vida, se repetirá, tenlo por seguro: que si hacer ejercicio, que si aprovechar el tiempo con quienes le aman, que si cambiar de coche, de casa, de estilo de vida. Promesas, pues; simples y llanas promesas. De quedarte doce meses más, te resultaría aburrido darte cuenta de lo predecible que es la gente: las mismas palabras, las mismas acciones y por lo tanto, los mismos resultados. Quizá no sea gran consuelo para ti, lo entiendo, pero no te perderás de nada. Llevo treinta veces más que tú en este lugar y, créeme, no cambia.

Todo lo que estás viviendo ahora te desconcierta, lo noto en tu silencio, y es posible que tu reacción sea normal, finalmente nadie te advirtió que este mundo está de cabeza y que eso de que la Navidad es una época de reconciliación y reflexión y paz mundial es, efectivamente y siendo decente contigo, una mentira. O al menos lo es para el grueso de la población, porque tampoco vamos a generalizar, supongo que sí hay quienes se la pasan a toda madre en su núcleo familiar y no son dominados por la histeria de las compras y los preparativos o la neurosis resultante de convivir más de la cuenta con esos extraños que habitan en su misma casa.

¿Adónde van los años cuando mueren? No te rías, es una pregunta seria. No se pueden ir al limbo, ni al cielo o al infierno porque ninguno existe pero… ¿se esfuman y ya? Debes pensar lo mismo de los humanos, ¿verdad? Pero fíjate que ellos (nosotros, da igual) dejarán un montón de huesos como prueba de que ocuparon un espacio; y tú, pues tu nombre quedará inscrito en la historia. De acuerdo, tú ganas.

Y ya que hablamos de historia, ¿nos recordarás de alguna manera cuando el inventor de los años te pregunte cómo la pasaste en la Tierra?, ¿alguien te ha platicado que haya una especie de auditoría luego de que pasas la estafeta al que viene?, ¿te acuerdas de la cara de cansancio, alegría o tristeza de dos mil trece?, ¿alguien te advirtió que vendrías a ser un mero espectador y que, por lo tanto, no debías meter tu cuchara como ahora yo lo estoy haciendo contigo?

Debo ser honesta: cuando te llamé para hablar, sólo tenía una frase en mente. No te la diré porque a estas alturas ya me caíste bien… es que, ¿sabes?, pocos me han escuchado con esa atención y paciencia que veo en ti. Será una lástima que no nos volvamos a ver. Ya que andamos de confesiones, yo sí pensé que serías mi año favorito en todo el mundo, me gusta mucho el cuatro con el que cierra tu nombre, es la más sana de mis fijaciones.

 

No te diré lo que haré durante tus últimos días, quiero que sea una sorpresa para los dos, pero ten por seguro que escucharás mi voz… eso sí: no garantizo no desafinar cuando se me pasen los mezcales (que es siempre). Sabes que odio las despedidas, y por lo tanto no te llevarás la mía adondequiera que vayan los años al morir. Por ahora, sigue moviendo esos pies y vámonos, que las calles se han vaciado y el viento helado me está congelando la piel, y bien sabes que tampoco me gusta tener frío.