Diez razones para ser científico

 

 

Hace más o menos cinco años cierto egresado de prepa llegó a la ventanilla de inscripciones de cierta universidad pública, en una construcción más o menos reciente, ubicada a la salida de cierta capital provinciana.* 

La entonces joven secretaria,

más ocupada en mantener íntegro el barniz de sus uñas y en equilibrar la gravedad del rímel con la curvatura artificial de sus pestañas, preguntó al aspirante a qué carrera iba.

-A Biología, señorita –dijo éste.

-¡Biología!, como si eso necesitara el país –comentó la señorita. **

Al contrario de lo que opinaba la secretaria, uno de los propósitos que enumera el autor  del libro Diez razones para ser científico (México, 2013, Fondo de Cultura Económica, colección Cenzontle) es tanto su deseo íntimo como la necesidad urgente de acrecentar el número de científicos mexicanos. 

El autor de Diez razones para ser científico, un sabio ilustre del México contemporáneo, además de exponer el propósito mencionado arriba expresa en resumen que él es científico para poder trabajar en lo que más le gusta, para no tener jefe, horario ni aburrimiento en su trabajo, para hacer el mejor uso posible de su cerebro, para que no le tomen el pelo, para poder platicar con otros científicos, para estar siempre contento y para no envejecer nunca. 

Dicho autor se llama Ruy Pérez Tamayo, nació en Tampico en 1926 y tiene 88 años de edad. ***

   Pese a ser un libro ameno y sencillo, Diez razones para ser científico resulta más confiable, aleccionador e infinitamente más eficaz que cualquier libro de autoayuda****. Porque además de explicar los móviles personales del autor para dedicarse a la ciencia y exponerlos con la chispa de un artista y el genio de un inventor, este breve libro puede servir no sólo para acercarnos al espíritu científico sino también para guiarnos hacia una calidad de vida superior, aun cuando no nos dediquemos a ninguna ciencia.

No puedo dejar de reconocer mi sensación de que, en ocasiones, al exponer el panorama de la vida de los científicos mexicanos, el autor se pasa de optimista y parece olvidar el actual entorno de corrupción y venalidad en todos los ámbitos, incluidos los científicos y los académicos. No obstante, por encima de todo, destaca el hecho de que el opúsculo de divulgación supera el terreno de los quehaceres científicos y, mediante una argumentación honesta y clara, amena y rigurosa, nos regala sabiduría suficiente para mejorar nuestra vida.

En otras palabras, el autor de este libro sobrepasa la valoración razonada del ser científico y es capaz de convencer a cualquiera de que la actitud del científico puede convertirse en una actitud de vida para todas las personas, independientemente de la actividad a la que se dediquen.

Hacer lo que a uno le gusta, además de contrarrestar el fatalismo y la resignación propias de los espíritus conformistas, promueve el disfrute de la vida, porque “nosotros no hacemos bien lo que nos gusta –dice el autor refiriéndose a todos los seres humanos–, a nosotros nos gusta lo que hacemos bien”. Por lo tanto, si nos gusta descubrir, conocer, saber y aprender, despejar dudas, asombrarnos y plantear preguntas nuevas, estaremos en el camino indicado para salir con bien en lo que hagamos.

Otras dos ventajas que Pérez Tamayo invoca son la libertad y la responsabilidad. Pues para él no tener jefes y prescindir de horarios no significa desobediencia caprichosa sino anarquía consciente, disposición para dedicarse responsable y libremente a la creatividad, al margen y a veces en contra de las autoridades rígidas y los horarios impuestos.  

El capítulo dedicado al aburrimiento es de los más divertidos. Y también de los más críticos, junto con aquel que aboga por usar mejor el cerebro y con el que alerta contra las tomaduras de pelo por parte de los políticos, los doctrineros y demás propagandistas de la inmovilidad, la esterilidad y el consumismo. Y es que para este autor la libertad, la creatividad, la diversión, el razonamiento, el escepticismo y la actitud crítica permanentes, constituyen el instrumental idóneo para quien se dedica la ciencia, actividad cuyo objetivo consiste, según su definición, en “la comprensión de la naturaleza” y cuyo producto es un conocimiento “que aspira a alcanzar el mayor consenso…”     

Para argumentar que la razón es más de fiar que la fe, el científico recuerda que, aunque el dicho asegure que la fe mueve montañas, lo único cierto y comprobable es que la fe jamás ha movido ni moverá siquiera un milímetro de montaña alguna. Con lo cual nos induce a desconfiar de las palabras por sí mismas, al igual que de las autoridades, pues no son los dichos sino los hechos los que valen y ninguna autoridad, tan solo por serlo, garantiza la portación de la verdad.

 

Y lo mismo, al razonar sobre los efectos de la práctica científica en favor de la alegría de vivir, de poder dialogar con gente igual a uno y de no envejecer, supera con agilidad tenística la bola de lugares comunes y, antes que caer en la definición de la juventud como estado de ánimo, celebra la lucidez de quienes viven bien su vida y la elasticidad de quienes perseveran en el ejercicio físico. En otras palabras, Ruy Pérez Tamayo celebra su propia lucidez, su productividad y sus planes “para seguir haciendo investigación científica y para seguir jugando tenis los próximos 150 años. Después, quién sabe…”