Z, la imaginación como denuncia   

vassilos 

El crimen de Estado se quiere hacer pasar como un lamentable accidente. Pero algo sale mal. Y aunque casi siempre sean crímenes perfectos, éste crimen de Estado deriva en la caída de un primer ministro.

 

El atentado se programa para el final de un acto político donde los asistentes sufren el hostigamiento de acarreados bajo control de las autoridades, con la pasividad cómplice de uniformados responsables del orden público. Todo en presencia de altos mandos policiacos vestidos de paisano. La víctima mortal es un opositor.

Pero dos factores hacen que el complot quede al descubierto y desnude la versión oficial de la historia hasta inscribirse en la memoria universal mediante una obra maestra de la literatura contemporánea. 

Primero, el descubrimiento de la verdad. En el momento del atentado, uno de tantos simpatizantes de la víctima se arriesga a detener al agresor material. Luego, otro ciudadano, ajeno a la política pero movido por su conciencia, da su testimonio a un reportero que lo hace público. Y, por último, un juez honesto logra resistir las presiones y cumple con su deber.

Un activista modesto, un individuo con valor civil, un periodista genuino y un funcionario de la justicia con vocación, con ética y con valentía, consiguen revelar la mentira en un contexto de gobernantes asesinos, ladrones y mentirosos. 

A la victoria que significa la caída del primer ministro, le sigue una reacción cruenta que culmina en golpe de Estado. Sin embargo siempre será una victoria gracias al segundo factor, la literatura.  

El escritor griego Vasilis Vasilikós reelaboró literariamente el hecho histórico en la novela  Z. El título –explica la autora de la primera traducción directa del griego al español– “remite a la letra inicial de la palabra griega Zει, ‘vive’ o ‘está vivo’, que la ciudadanía repetía al unísono durante el sepelio”. Costa-Gavras llevó esta obra al cine con el mismo título.

El prólogo explica el camino que siguió Vasilikós para convertir el hecho real en literatura. Porque la prologuista y traductora, Guadalupe Flores Liera, destacada colaboradora de 451 EFE analiza el proceso de novelización.“Vasilikos, dice Guadalupe Flores Liera, quiso trasladar estos hechos al papel, novelizarlos, es decir mitificarlos, que es lo que a su juicio hace un escritor”. Y al situar esta novela dentro del más de centenar de libros que forma la obra completa del autor, reitera lo que “caracteriza su método de trabajo: partir de la vivencia y mitificarla mediante la novelización”.

El subtítulo original de la novela Z, “documental imaginario” alude a que “Si bien los hechos narrados son todos reales”… el resultado final “es producto de la ficción y aquí descansa el sentido del relato”. Por el prólogo, además, nos enteramos en detalle del trabajo que demandó Z, la primera novela griega de no ficción, nacida de un diario donde, además de documentar el hecho real, Vasilikós enfrentó la “dificultad para escribir el libro tal y como lo tenía planeado. La lectura de A sangre fría… le despejó el camino y le mostró el rumbo a seguir”.

Esa literaturización de un hecho real no tiene nada que ver con el recurso a la  llamada “imaginación” para inventar al puro antojo, por lo menos no en el sentido de poner rellenos en la oquedad de lo ignoto, sino en emplear herramientas nuevas para iluminar los misterios de la realidad, como lo hacen los verdaderos científicos y los verdaderos poetas, como lo hicieron Stevenson y Kafka, como lo hizo Vasilikós al integrar la poesía a la narración no como adorno sino por exigencia expresiva. 

Tanto la novela de Vasilis Vasilikós como la cinta homónima, de Costa-Gavras, estuvieron prohibidas en la España franquista. Luego el franquismo pasó aunque sólo en parte, es decir, dejando el tufo de su bastardía en la nobleza retratada en las revistas chic y en los falsos progres que se ostentan en la prensa ídem.

La traducción directa del griego al español de la novela clásica de Vasilikós viene a paliar el obstáculo histórico que significó esa prohibición y comienza a resolver una dificultad consustancial a la propia obra en su idioma original. 

Empecemos por la traducción. 

Llevada a cabo “conforme a las indicaciones del autor”, como señala la traductora, la obra concilia dos registros lingüísticos (el “popular” y el “purista”), dos propósitos narrativos (la “ficción” y la “no ficción”) y un género literario distinto: la poesía. 

La comunicación de la traductora con el novelista debió por momentos parecer una confrontación con visos de indisoluble. Por lo menos esa impresión da un consumado prólogo que nos remite al hecho real inspirador de la novela, que expone ampliamente el contexto del atentado y sus consecuencias, que mete bisturí al proceso creativo de la obra, que traza una profunda semblanza del autor y finaliza relatando las peripecias de la traducción.

Al autor le importaba, sobre todo, que esa traducción conservara “el tono y la intencionalidad”, “la funcionalidad” antes que la “literalidad”. “La obligación del traductor para el autor -dijo Vasilikós a Flores Liera- es resolver los problemas expresivos”. 

En ese sentido, lo más difícil para la traductora debió ser el hilvanar esos registros lingüísticos con todas las funciones que comportan. Para narrar los hechos, usó el lenguaje griego común y corriente; para hacer discursos y urdir periodismo oficialista, manejó un lenguaje ampuloso (o sea con ámpulas, abiertas o cerradas, siempre llenas de la pus moral y física propia de principios de los años sesenta del siglo veinte (ese ayer tan de hoy).

Otro trabajo titánico hasta para una poeta como Guadalupe Flores Liera, fue verter el lenguaje lírico que encierra en un puño los caudalosos coros de Esquilo y las agujas invisibles de tan finas de las Heroidas de Ovidio. Porque los imprescindibles e intransferibles tramos elegiacos de la novela expresan todas las emociones derivadas de la muerte múltiple de quien muere, del vivo a quien esa muerte esclaviza, de esos otros que en sentido menos recto sufren la amputación: los recuerdos gratos e ingratos, la resurrección de culpas, la maldita esperanza de que todo sea un sueño, la nostalgia helada.

“Me haces falta. Ya sé que no existe el retorno. Sólo podrás existir en nuestra memoria. Mientras nosotros vivamos vivirás tú también… 

“¿Cómo estás en ese silencio que no se escucha?

“Jamás imaginé que yo habría de sobrevivir. Te había dicho que la vida te pertenece a ti… Es de noche. Afuera el calor borra las estrellas… Todo se vuelve adiposo, como la piel del elefante. No existo. El calor me atonta. No, no somos agua, puesto que te amamos y no muere lo que uno ama. Sólo que ojalá yo estuviera en tu lugar y hoy tuviera tu pensamiento pensando de esta manera en mí. No, uno no muere cuando miles de bocas gritan ‘inmortal’ –o lo hace al menos una sola boca: la mía”.

Eso en cuanto a la traducción. Pero hay más: la novela Z recién publicada comienza a resolver otro problema, un problema histórico. Vetada, como ya se dijo, en los tiempos de la peseta a veinticinco y los curas a sueldo militar, esta obra maestra universal autentificada por medio siglo de rotunda vigencia ha carecido casi por completo de difusión entre los lectores hispanohablantes. 

Eso sin contar con que las versiones en español anteriores a la actual provenían del francés y no agradaban al autor. Igual que el público de cine, libros y periódicos, Vasilikós debió soportar la rebaba colonialista de las traducciones peninsulares (comentando la proliferación de diccionarios de los dialectos del español de Iberoamérica, Leñero proponía elaborar uno del español de España).

Más allá de imperialismos rancios tan de moda, una voz muy autorizada sostiene “que la causa de que Z no haya calado en el mundo hispanohablante se debió a que no fue bien recibida en España”, y no sólo por cuestiones políticas e ideológicas sino también porque algunas de las pesquisa del atentado retratan en su tamaño real a la reina Federica de Grecia, la madre de Sofía.

 

*Vasilis Vasilikós, Z, Monterrey, México, 2015, Universidad Autónoma de Nuevo León. Prólogo, notas y traducción directa del griego de Guadalupe Flores Liera.