Vicente Leñero, el amigo que se fue

                                                                         

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Se despide por primera vez en el umbral de su casa pasando el medio día del viernes. Le han detectado cáncer y lo operarán el lunes. Hemos rumiado de lo que hay: amigos, enemigos, recuerdos, desmemoria, mucho de política, poco de literatura. Pero apenas hora y media. 

 La cita fue ahí, en San Pedro de los Pinos. Llegué antes de que terminaran de desayunar él y una Estela desmejorada –la noticia la noqueó más a ella que a mí, dirá él, pálido, anguloso, ronco y machacón, con un hablar diferente a ese hablar carrereado, de casi sin abrir la boca, de apretar la voz y masticar cada palabra–. Sólo sus pupilas conservan la chispa ágil y certera de siempre.

Ayer jueves, mi celular sonó minutos antes del temblor que vació los edificios del centro del Paseo de la Reforma. Era su voz, dilatada y rasposa,  preguntando si podía verlo al día siguiente. 

A la hora que quieras, dije. Diez y media, once, dijo. Va. 

Ni el temblor sentí. Los demás viajantes despepitaron sus experiencias sísmicas y yo me pregunté qué mosca le picaría a Vicente. Siempre nos vemos a las once de la mañana. Primero en el restaurante de la Sogem. Después, cuando  éste quebró [cerrado por remodelación, decía un letrero amarillo], a pocas cuadras de ahí, también en la Guadalupe Insurgentes. Y pese a mi puntualidad siempre me gana, así que puedo observarlo a mis anchas, desde lejos, concentrado en escribir. 

Nunca deja de escribir. Ni siquiera cuando toma vuelo para repreguntarme alguna opinión sobre cuestiones políticas o –si lo convencen mis argumentos– para agregar sazón a un chisme sabroso, nuevo siempre (no importa que ya esté publicado o que apenas lo esté cocinando), nuevo siempre con su sello impecable con su capacidad para defender lo que considera justo, ahora ya no frente a sus censores sino frente a quienes comparten sus convicciones, con una conciencia que se despliega en contra de la ignorancia y de las limitaciones (propias y ajenas). 

Nuevo siempre, en su constante tarea de ir humanizando lo humano en un movimiento narrativo en dos sentidos, de abajo hacia arriba, de los humildes por la justicia, de la justicia para los humildes, y de arriba hacia abajo, con una potencia crítica que atrae hacia tierra a quienes están o parecen estar más alto que los demás.

Y así pasan diez años, un miércoles al mes, entre dos y tres horas. A la una o dos de la tarde pone punto final a la plática, con fatiga o enfado, en señal de que toca ir al estacionamiento de la Sogem, donde lo espera El Chino, su asistente... 

Esos siempres terminan, empero, cuando él comienza a lidiar con la salud. Los médicos creen que es el corazón, porque su presión se le trepó a las sienes días después de ir al Excélsior actual a revisar unos documentos. No me cayó nada bien volver ahí, confiesa describiendo el estado actual de las instalaciones originales. Lamentable, Agustín, lamentable. Lo sometieron a un chequeo integral. 

Y en todo salí perfectamente, informa ladeando los labios, sombreados por su gran nariz. Sonríe primero con los ojos, desde el fondo. No se jacta: este orgullo de ahora, me parece, sólo es una forma de expresar la herida de no sentirse entero. ¿De veras? Sí, soy un enfermo pésimo, rebelde, caprichoso, reconoce. No sabe soportar la enfermedad, el ruido corporal. Eso les pasa a quienes están impuestos a gozar de buena salud, ¿no Vicente? Sí, sonríe, es falta de costumbre, la plenitud enciende sus pupilas.  De esa plenitud proviene su modestia, su naturalidad, su humildad, su autenticidad: virtudes y cualidades que caracterizan a sus personajes en la narrativa, en el teatro, en los guiones, en las crónicas. Personajes entrañables, como él.

Pero después de febrero se le amotinan los achaques y ya no vuelve a estar bien. Si no es la presión es una costilla fracturada o humedad en un pulmón. 

Un día me cuenta del berenjenal en que entrará cuando equis personaje se muera, lo cual podría ocurrir muy pronto. Y casi hasta se le caen los hombros. Aunque –desliza sibilino para escabullirse de ese peso– quizá yo muera antes. Tú no, Vicente, tú eres imprescindible. Nadie es imprescindible, Agustín. 

Lo ha dicho con fatiga y quizás hasta con enfado. Rencoroso, me acuerdo de su resistencia a las muestras de cariño  y de las cuentas que hizo con su madre:

Me dio leche, no miel. Me dio pan, no golosinas. Me dio su presencia, no los latidos de su corazón… llegué a la edad adulta y ahora a la vejez siendo un poco así, como ella.

Pero nunca lo he sentido tan huérfano, tan cercano, en una militancia distinta y desoladora, como cuando acababan de asesinar al hijo de Sicilia. Entonces hablamos de la amistad, de la muerte, del final, del principio, de Juan Bautista, de su evangelio preferido y de mi predilección por Mateo. Tú siempre con la política, ¿verdad, Agustín? Y tú traduciéndolo todo a letras, a escrituras.

Esa forma de ser bueno y áspero, noble y duro; esa forma de ser, construida y dada, hace de Vicente Leñero un católico ejemplar. No un militante como tantos, de semana inglesa y golpes de pecho. Sino un católico que sabe y puede perseverar en la inteligencia, en la apertura, en la incertidumbre de su fe. 

No tardé nada en descubrir, en confirmar, que además de amigo me considera un lector ante quien prueba la verosimilitud de sus versiones. Por ejemplo, relata que el subcomandante Marcos ha asistido a la presentación de Más gente así en Minería. No le creo, no porque la historia cojee (un muchacho indígena, al final del acto, lo saluda en corto y pone una tarjeta blanca sobre la franela de la mesa de presentación, para que al voltearla descubra un saludo del Sub). Me parece inverosímil, explico sin verlo a los ojos, porque conoces a Marcos y aunque éste ande sin capucha no podría pasarte desapercibido jamás. ¿Ni entre la muchedumbre? … Casi estoy seguro de que renunciará a escribir este pasaje. 

Porque todo lo que me cuenta (casi todo) lo he leído antes o lo leeré después, en libro o en la Revista de la Universidad, y le correspondo siendo sincero. Ni modo mano, ahora sí, me fijo en sus pupilas, que no te creo. Y si no le creo es porque, en esa ocasión se me hace presente una entrevista, que sobresale entre todas las que Marcos ha concedido y que es antológica entre tantas entrevistas antológicas de Vicente (como aquella a María Félix, la más descollante entre sus primeras) y que, para él, buscador de la justeza, son otras tantas formas de poner todo en tela de juicio; todo, desde la humanidad más representativa, ascendiendo por héroes y redentores, hasta la mismísima divinidad.

Enjuicia, no como juez; tampoco tanto en su propio provecho, aunque también, como en provecho de este prójimo que es su interlocutor-lector. Enjuicia desde la integridad de espectador que escudriña unánime con diversos lentes –teatro, periodismo, narración, guionismo–, empezando por sí mismo, en su fe, en sus desánimos, en historias que sigue sintiendo inmediatas, dolorosas; enjuicia no como quien hace experimentos  –ni siquiera en sus estructuras novelísticas más temerarias–, sino como consecuencia exacta de la búsqueda de la apremiante, imposible objetividad detrás de la cual, tal vez, quién sabe, se encuentre la verdad.   

Hablando de objetividad, en 1971 su mamá se molestó con él por meterse con la madre Conchita, mitológica para ella. Él invitó a su mamá al estreno de El juicio “para demostrarle mi objetividad” y ella “salió encantada”. Sin embargo, como para equilibrar y no dar pie a la soberbia, por cada triunfo él opone el recuerdo de un fracaso. A la obtención del premio Biblioteca Breve contrapone cierta confidencia de Joaquín Diez Canedo. Al principio, atemperaba cada logro con el dolor de que su padre ya no viviera para atestiguarlo. Porque su padre, él supone, no creyó en su talento literario, al menos no lo suficiente como para imaginar que sobreviviría escribiendo, así que sugirió a su nuera Estela que convenciera a Vicente de que mejor se dedicara a la ingeniería. 

No, no necesita de resentimientos intermitentes ni perdurables para conservar el equilibro: su humildad es más genuina y más necesaria mientras menos dócil sea una realidad que lo obliga a tomar partido. A él, que corre los riesgos propios de la creación afrontando el peligro de convertirse en estatua de sal, de topar con hueso. A él, habitante de márgenes, escalador de sicomoros, sabedor de que la ficción sola no basta para dar con una realidad que nunca se deja sorprender del todo con las manos en la masa. Sí, acepta que a veces hasta miente al escribir con tal de no falsear la realidad; cuando lo zarandean las contundencias de la incertidumbre o, peor, cuando siente alguna verdad escurriéndose entre sus dedos.

 

Todo mundo habla del temblor y si bien ellos casi no lo sintieron es el tema cuando llego a su casa. Mientras terminan su coctel de frutas les expreso mi asombro de ver Paseo de la Reforma repleto de gente evacuada. ¿Por qué siguen haciendo edificios altos? No se caerán, asegura él. ¿Por qué? Por sus cimientos. Se anima un poco al recordar su juventud de estudiante de ingeniería, cuando acompañó, con sus condiscípulos y maestros, a un japonés que encomió los cimientos de la Torre Latinoamericana. Estela aprovecha para salir y nosotros subimos al estudio biblioteca.

Estoy en capilla, dice, después de regañar a El Chino. 

Esta vez, como de costumbre, pondrá punto final a la plática. Sólo que media hora antes de lo habitual. Porque quiere ir a la casa de una de sus hijas. Toma un bastón de madera. Lo acompaño. Camina lento pero nuestra conversación siempre lo acelera, ahora además le dificulta respirar y lo obliga a detenerse cada tanto. La casa de su hija está a pocas cuadras de la suya, tras un seto de cactáceas, protegida por formas coralinas que traslucen los vidrios esmerilados de las ventanas, Nos despedimos, mejor dicho él me despide. Comedido pero cortante, como de costumbre.

Cruzo la calle, volteo. Aún no le abren. Muevo una mano despidiéndome. Responde. Me alejo un paso, apenas uno. Volteo otra vez, él ha dado media vuelta y regresa por donde llegamos. Lo contemplo. No es una figura triste. Va despacio. Esbelto y digno, sólo algo encorvado en comparación con aquel que sale de Excélsior a Paseo de la Reformajunto a Julio Scherer y a otros en 1976. Hoy me resulta demasiado doloroso verlo de espaldas, yéndose. ¡Vicente!, decido gritar. Me escucha, se frena. Me explica que su hija no está. Te acompaño (lo digo temeroso de su negativa, pero accede). Hablamos de mi novela, que saldrá el año que entra. No vayas a quitarle la dedicatoria, estira la boca, bromea.   

 Siempre dice que le gusta lo que escribo, desde hace treinta años, cuando platicamos por primera vez, en un bar de Cuautla, y él me aconsejó impedir que nadie nunca me cortara las alas. Yo le llamaba Rubén y él corregía con paciencia: Vicente, Vicente, Agustín. Luego se desquitó tomándose su tiempo para dejar de llamarme Arturo. Agustín, Vicente, Agustín.

Estoy en capilla, dijo ahora. 

He puesto cara de circunstancia. Difieren su versión y la de Estela. Ella sabe que el tumor es maligno. Él argumenta que eso se sabrá hasta el lunes. El Chino repasa archiveros, él lo reprende, no es hora de seguir buscando, ya todo tendría que estar a punto. Su asistente asegura que sí, que ya, pero sigue abriendo y cerrando cajones, sacando papeles y asintiendo. En los rezongos de Vicente no hay exceso, ni en tono ni en palabras. Ágil, sólo dice lo que viene al caso y no requiere transiciones entre el reclamo a su asistente y el diálogo conmigo. 

Al despedirnos la primera vez de hoy, con su estilo, sobrio, preciso, periodístico, teatral pero sin ficción, pondera las bondades de dejar en orden sus papeles. Es otra petición de auxilio que no hallo cómo atender. Luego, cuando estamos volviendo a despedirnos bajo el dintel de su casa, llegan su asistente y Estela, a quien también abrazo fuerte diciéndole ánimo, ánimo. Eso es lo que más falta hace, responde ella.

Vago con rumbo fijo pero sin ganas de llegar. El motivo, ¿o el pretexto?, la despedida de hoy, que por supuesto ni aun ahora que reescribo me resigno a aceptar como definitiva. Porque él está vivo. Sí, ya sé, lo operarán el lunes. Su perspectiva es funesta pero con futuro; contraria a la de Estela su esposa, que es trágica, sin miedo a esa conmiseración que él quiere evitar. 

Duro, Vicente. Duro ante lo que de veras importa. Estarás vivo. Aun mañana sábado. Es más, el lunes 12 de mayo, cuando entres en el quirófano, habrás de seguir vivo. Y mientras haya vida, etcétera. 

Antes de bajar al metro en la estación de San Pedro de los Pinos necesito sentarme. La mujer que boleará mis zapatos me extiende La Prensa, mastico trapo, trago sin saliva. 

¿Qué me dará fuerza para llegar a dormir toda la tarde y despertar de noche sin ganas de nada? De dónde obtener energía para levantarme el sábado, día de las madres, a escribir, ¿de qué, para qué?, la nostalgia de haber podido, debido, querido decirle no sé qué a Vicente cuando me confió, cara a cara o, peor tantito, cuando después me confíe, por teléfono, su deseo de vivir con calidad, el rechazo a estar en capilla…

 

*Una versión abreviada de este texto apareció en el suplemento dominical La Jornada Semanal.