Arte y política 

* La extinción de la política y el arte verdaderos, mide los grados de extinción de la humanidad        

La pura sintaxis de este enunciado da pie a la discusión. ¿Qué fue primero en el género humano, la política o el arte, el huevo cosmogónico o la gallina virginal?  Si de preferencias se tratara, mi texto se debería titular “Política y arte”, pues escribo esta versión especial para celebrar el segundo año de 451 Efe

sobre la base de una pauta de participación para conmemorar el aniversario número 38 del Partido Revolucionario de los Trabajadores y, luego, para dictar una conferencia en el Instituto de Administración Pública de Hidalgo.

Para más señas, cuando abro un periódico primero voy a las páginas que informan (o desinforman) sobre el martirio de los palestinos en la Franja de Gaza, el asedio del imperialismo ruso a Ucrania o las facturas que el neoliberalismo le cobra a las soberanías nacionales. Y ya después, si sobra tiempo, le echo un ojo a las secciones encargadas de promover la cultura oficial y el libro más reciente del Crack o de cualquier otro invento comercial de las editoriales.

Y es que aunque nunca he dejado de interesarme en ambos campos, concedo más atención a los hechos políticos que a los artísticos. Así, los centenarios de Paz, Huerta y hasta de José Revueltas me importan menos que el fusilamiento de civiles en Tlatlaya, el movimiento estudiantil surgido en el IPN y empatado con los sucesos de Ayotzinapa (que ponen al descubierto la guerra sucia como política de Estado tendiente a exterminar a las normales rurales). 

Las posturas de Carlos Montemayor y Héctor Aguilar Camín como novelistas ante las guerrillas del México de los setenta, me interesan más por su peso político en el imaginario colectivo que por su relevancia estética como producto de dos intelectuales ideológicamente antagónicos y, del mismo modo, me intereso más que por las noticias culturales en sí por la manipulación mercadotécnica subyacente en el noticiero de Zabludovsky (sí, el mismo de siempre, medio siglo después) cuando entrevista a Laura Esquivel y concluye que el nuevo libro de ésta es “la primera novela del siglo veintiuno”, o cuando descalifica al nuevo Nobel de literatura porque las primeras páginas de un libro de éste le parecieron de difícil lectura.

Esto quizá se deba a mi convicción, discutible y corregible como toda convicción,  de que la esfera política rige y dicta el destino presente de las sociedades modernas y contemporáneas. ¿Destino presente? ¿No se excluyen  entre sí éstos términos? Sí, si consideráramos al destino como una meta final predeterminable. No, si asumimos que nuestro único destino es este presente, un momento decisivo intensificado por la gravitación del pasado y por las probabilidades futuras.

Sin embargo decidí titular este texto como “Arte y Política” por una evidencia universal para la que bastará, creo, el siguiente ejemplo local: en Hidalgo es de más trascendencia el nombre de Anastacio de  Ochoa y Acuña que el de cualquier miembro, vivo o muerto, del grupo político Huichapan.

Semejanzas

Aunque la política y el arte se asemejan, se diferencian y se relacionan profundamente, aquí sólo revisaré algunas coincidencias.   

 Ambas son prácticas humanas culturales, es decir no naturales [importa aclarar esto porque toda ideología dominante tiende a “naturalizar” las construcciones políticas y culturales que la sostienen; dicho de otro modo, pretenden hacer pasar como natural lo que no lo es]. Ni la habilidad intelectual en detrimento de la habilidad física o viceversa ni ciertas fortalezas o debilidades étnicas o de género son naturales, tampoco lo son las formas de agrupación (la familia nuclear, por ejemplo) ni el orden mundial imperante o el culto a la personalidad en una república de aparato y opereta. Nada de esto es natural ni eterno, aunque su perduración y la propaganda hagan que lo parezca.

Arte y política coinciden en el deseo de convertir en real lo irreal, sea potenciando determinado anhelo individual en una obra de arte, sea enarbolando la voluntad colectivizada de una idea mediante el quehacer político. Existe incluso el arte de la política (ajeno a la capacidad artesanal de los ilusionistas), como también existe la fuerza política del arte para desautomatizar actos y conductas individuales o sociales o para desenajenar a ambos mediante emociones capaces de generar desde un suspiro hasta una catarsis.

Política y arte, asimismo, representan acciones cuyos efectos son colectivos. Jacques Ranciére considera que la estética, en tanto organización,  ordenamiento e invención, incluye tanto al arte como a la política, pues ambas esferas aspiran a crear, organizar y dar orden a un objeto material o colectivo. 

Empero, la principal característica de ambas prácticas la constituye el ser imprescindibles. Por más que en ciertos lapsos de la historia, a veces demasiado amplios, como el actual, arte y política parezcan prescindibles o sustituibles. 

En nuestra civilización de apariencias (sintetizable en la frase hamletiana “ser, parecer, ¿cuál es la diferencia?”), bajo una cultura hegemónica donde según Jean Baudrillard todo es simulacro; con una globalidad donde, al decir de Zigmunt Bauman, las construcciones humanas más sublimes pierden solidez y se vuelven líquidas; en esta era, digo, casi cualquier producto mercantil  se vende como arte y el cleptómano, el gesticulador, el sociópata, el genocida potencial o confirmado aparece, al tenor de intereses financieros transnacionales, como el personaje idóneo para presidir una determinada nación.

Así, en los países sarcásticamente autodenominados democráticos,  se postula para (o se impone en) el puesto más alto al peor político. En México, dado el nivel de participación social, farsa y fraudes electorales mediante, se han turnado en la presidencia especímenes como Peña, Calderón, Fox, Zedillo, Salinas etcétera. 

Sin embargo lo mismo que se dice de una nación como la nuestra, de  cualquier gremio y hasta de las sociedades de padres de familia en las escuelas, puede decirse del mundo [Barack Obama, afroamericano descendiente de inmigrantes, comprueba la inoperancia de la pseudopolítica planetaria, pues presidiendo la nación más poderosa del mundo nada ha podido hacer contra la discriminación y el odio hacia los migrantes].

Entonces, cuando digo que el arte y la política son imprescindibles, me refiero a que las apariencias y los simulacros no bastan para sustituirlos, y que, en la etapa actual del modo de producción capitalista, así como la guerra triunfa sobre la conciliación, tanto o más que las finanzas o la economía productiva, así el artificio publicitario triunfa sobre el arte más genuino. Y así como el descaro ingenuamente descriptivo y pragmático de Maquiavelo en El príncipe pasa como genialidad, así la literatura contemporánea deja de constituir el diálogo definido por Jean Paul Sartre en Situations II, justo en el momento en que Walter Benjamin contemplaba, dados los avances tecnológicos de nuestra época, la oportunidad de que las sociedades, todas, participaran creativamente en y de la obra de arte. 

 

Hoy más que nunca son vitales la política y el arte verdaderos, precisamente porque su extinción mide los grados de extinción de la humanidad.